viernes, 30 de diciembre de 2016

La Marchita, el escudo y el bombo: una historia cultural de los emblemas del peronismo, de Perón a Cristina Kirchner



Ezequiel Adamovsky - Esteban Buch


(Editorial Planeta, Buenos Aires, 2016)






El 17 de octubre de 1949 la marcha peronista, grabada por Hugo del Carril y cantada por el pueblo en presencia de Perón y Evita, coincidieron por primera vez en Plaza de Mayo. Todavía hoy se discute acerca de su origen, pero lo seguro es que desde entonces fue sedimentándose en la memoria colectiva de los argentinos, generando emociones encontradas.

El escudo peronista está presente desde el origen mismo del movimiento. Hizo su aparición oficial en la campaña electoral de febrero de 1946. Sus blasones y sus colores representan las ideas de justicia social y comunidad organizada que pregonaría el justicialismo y habilitan, además,  una interrogación acerca de las tensiones raciales y el antagonismo de clase en la Argentina.
El bombo, insoslayable en la banda de sonido del peronismo, precedió al escudo y a la marcha en las manifestaciones políticas: desde el fondo mismo de la historia, fue el son de una comunidad festiva asociada a la murga y el carnaval tanto como una alerta sonora de la lucha y la resistencia.
En tres ensayos rigurosos y amenos, Ezequiel Adamovsky y Esteban Buch exploran la historia de los tres emblemas centrales del peronismo desde su aparición hasta la actualidad. La competencia con otros símbolos hoy olvidados, las luchas de facciones para asegurarse su monopolio, los cambios que sufrieron en sus diseños o sus sonoridades, todo ello jalona un recorrido marcado por las disputas internas dentro del peronismo y por los rechazos y temores que despertaron entre los antiperonistas, desde los tiempos de Perón y Evita hasta los de Menem y los de Néstor y Cristina Kirchner.


Indice: 
-Introducción
-El escudo peronista, por Ezequiel Adamovsky
-La marcha peronista, por Esteban Buch
-El bombo peronista, por Ezequiel Adamovsky






Algunas reseñas:


-"Apoyado en una investigación rigurosa, este libro abre nuevas perspectivas sobre el movimiento político que, de modo más convincente y sostenido, inventó o recicló símbolos, artefactos y espacios. (...) El libro de Adamovsky y Buch sigue en detalle y con sensibilidad las idas y vueltas de un acontecer que se extiende por siete décadas; ilumina quiebres, reiteraciones y persistencias. No olvida las etapas de proscripción y censura, como sucedió con el escudo peronista después del golpe de estado de 1955. Demuestra que la historia cultural tiene siempre una dimensión política y, cuando es inteligente y documentada, ofrece los detalles de un gran museo y las perspectivas amplias de una excelente narración." Beatriz Sarlo, al elegirlo uno de los libros del año para Revista Ñ, 17 de diciembre de 2016.

-"Adamovsky se encarga del escudo y el bombo. Buch se dedica a la marchita. Pero la colaboración de uno y otro en los tres artículos que componen el libro potencia la investigación y la vuelve sustancial, haciendo del conjunto una oferta imperdible...” Miguel Russo, Página 12, Supl. Radar Libros, 8 de enero de 2017. 

-“Thorough, insightful, and at times quite surprising, the book represents a significant contribution.(…) In his analysis of the coat of arms, Adamovsky traces the central image of two arms locked in a fraternal handshake to the French Revolution.(…) Most surprisingly, Adamovsky uncovers substantial evidence of a different version of the coat of arms, one in which a light-skinned arm from above shook hands with a dark-skinned one from below. Although it was not until after Peron’s overthrow in 1955 that Peronists would begin to use racialized language in order to express their support for Argentina’s negros, this alternative version of the coat of arms enabled the regime to signal its affiliation visually. Buch’s essay on the Peronist march, “Los muchachos peronistas,” is equally insightful. (…) Throughout, he uses his musicological expertise to excellent effect, analyzing, for example, the song’s call-and-response structure as well as the unusual effect of a march written in a minor key. The most impressive essay is the one dedicated to the bombo, which unlike the coat of arms and the march was never actually an official emblem. (…) In dialogue with sound studies and other sophisticated historiographies yet accessibly written, this excellent book will make illuminating reading for all those interested in Argentine political culture.”  Matthew Karush, Hispanic American Historical Review, vol. 97, no. 4, 2017.






 Introducción:



Es tal la importancia que tienen los símbolos, imágenes y emblemas en la vida política, que resultaría difícil hallar algún período histórico o alguna región del planeta que hubiera prescindido de ellos. La Argentina no es la excepción: abundaron ya desde tiempos de la independencia y nos han acompañado por todas partes hasta hoy. El peronismo fue particularmente rico en la cantidad y variedad que propuso y en la intensidad emotiva que alcanzaron. Perón se preocupó por tener un distintivo que identificara a sus partidarios –el que hoy conocemos como “escudo peronista”– incluso antes de tener un movimiento o de haber pensado en organizar un partido para presentarse a elecciones. Durante sus dos primeras presidencias el peronismo alumbró muchos otros símbolos y emblemas, algunos muy conocidos, otros ya olvidados. La misma afición se notó en tiempos de la Resistencia e incluso en años recientes. Tanto por sus usos prácticos como por el afecto que despertaban entre las bases, los peronistas les dieron un valor superlativo, al punto de correr serios riesgos de represión o cárcel por utilizarlos o de ir a juicio para asegurarse el derecho al uso (o para negárselo a algún rival).

                Los antiperonistas no les dieron una importancia menor. Apenas derrocado Perón en 1955 las masas que celebraron en las calles la emprendieron primero que nada contra las imágenes y bustos de Perón y Evita, destruyendo también todo otro símbolo del régimen depuesto. Los militares que tomaron el poder emitieron un decreto especialmente orientado a prohibir la producción y uso de “imágenes, símbolos, signos, expresiones significativas, doctrinas artículos y obras artísticas” que pudieran identificar al peronismo. La norma mencionaba explícitamente no sólo los retratos y esculturas, sino también el escudo, la bandera y la marcha peronista, entre otras cosas. Esos símbolos –decía el decreto– causaban divisiones y malos recuerdos entre los argentinos, por lo que convenía quitarlos de escena por la fuerza. Más prohibiciones siguieron en dictaduras posteriores, algunas explícitas, otras veladas.

                De todos los que, en un sentido muy amplio, podrían llamarse sus “emblemas” –es decir, las cosas que representan al peronismo de manera simbólica– este libro hace foco en el escudo peronista, la marcha Los muchachos peronistas y el bombo. Se trata de una investigación sobre sus respectivos orígenes y sus usos en tiempos de Perón, pero también sobre el lugar cambiante que asumieron en las diversas mutaciones del peronismo, llegando hasta la actualidad. En alguna medida, más que un estudio de esos emblemas, este libro propone una historia cultural del peronismo y de la Argentina, vistas a través de ellos.

La elección no es arbitraria: se trata de los tres emblemas más perdurables del movimiento, los que han permanecido a través del tiempo consiguiendo una adhesión sin fisuras por parte de los peronistas. De cualquier modo, en el recorrido histórico que propondremos, el foco en esos tres nos permitirá también traer a colación a los demás. Al ocuparnos del escudo, repondremos las historias de otros distintivos y emblemas visuales que convivieron con él, algunos olvidados, otros de uso menos frecuente o rechazados por tal o cual sector del peronismo. Lo mismo vale para la marcha: al desandar las alternativas de su creación y de sus usos, veremos cómo esa canción dialogó con los discursos y con las imágenes de Perón, para formar una representación del líder que no era estrictamente verbal ni visual, ni tampoco esencialmente musical, sino todo eso junto. Al mismo tiempo, nos ocuparemos también de las otras canciones partidarias que en su momento disputaron su protagonismo. En lo que respecta al bombo, su historia nos permitirá traer a colación otros instrumentos y sonidos asociados a la vida política, desde los carnavalescos o los más marciales que en diversos momentos se combinaron con su toque, hasta el ruido de las cacerolas que, luego de 2001, le disputó el espacio público. Las trayectorias entrecruzadas de todos esos emblemas, los exitosos y los olvidados, nos brindarán indicios útiles para entender globalmente la historia del peronismo, de las luchas por la hegemonía entre sus facciones, de sus elecciones doctrinarias y sus caminos truncos. Acaso los únicos emblemas que podrían rivalizar en importancia con los tres que elegimos son los propios perfiles y retratos de Perón y Evita, profusamente utilizados en la simbología y la ritualidad peronistas. Ellos ya han recibido la atención de otros investigadores, sin que por lo demás pueda decirse que el tema esté agotado, dadas sus múltiples interacciones con el resto de las representaciones del movimiento, por lo que inevitablemente aparecerán aludidos en las historias que reservamos al escudo, la marcha y el bombo.

Los tres emblemas permiten, además, una comprensión del conjunto de los elementos que componen el peronismo, muchas veces unidos en una aleación inestable y cambiante. En efecto, de dos de ellos –el escudo y la marcha– puede decirse sin titubear que aparecieron como parte de la vocación propagandística de primer peronismo. Fueron, cada uno a su modo, emblemas “oficiales”, adoptados o promovidos por políticos influyentes que tenían ideas precisas sobre su significado y su utilidad (como, por caso, la de funcionar como “una especie de liberación del subconsciente”, según imaginaba quien propuso por primera vez el canto de Los muchachos peronistas). Del bombo, sin embargo, no podría decirse lo mismo: irrumpió en la escena traído por las propias bases del movimiento. No fue parte de ninguna campaña oficial y, como veremos, se impuso sin que mediara ayuda visible por parte de las jerarquías partidarias (más de un dirigente, de hecho, se vio incomodado por su presencia en los actos y buscó limitarla).

Por lo mismo, las historias de los tres emblemas permiten hacer visibles aspectos del peronismo en apariencia contradictorios. Los muchachos peronistas, desde su propia letra, participó del culto a la personalidad y exaltó el verticalismo propio de esa tradición. Por su parte, durante un breve lapso en la segunda presidencia de Perón el escudo peronista adquirió el estatus de símbolo estatal usado en dependencias públicas o fue materia de enseñanza en los manuales escolares, con lo que contribuyó al borramiento de los límites entre partido y Estado. La historia de ambos emblemas deja ver, así, los aspectos más autoritarios del movimiento. Pero la trayectoria del bombo expresa la convivencia, junto a ellos, de elementos de otro tipo: la centralidad de lo plebeyo, la espontaneidad de la participación de las masas y los sentimientos de fraternidad e igualdad que anidaban en algunas secciones del peronismo. A su modo, los tres emblemas muestran el arraigo y la ligazón del movimiento con la cultura popular, no sólo por la adhesión casi inmediata que generaron, sino también por haber abrevado en creaciones previas. En efecto, antes de ser un emblema peronista, la música de la marcha había sonado, con otras letras, en los carnavales barriales de Buenos Aires, en honor de un club de fútbol y como símbolo de un pequeño sindicato de obreros gráficos. El bombo también había tenido múltiples usos previos (incluyendo los de naturaleza política) e incluso el escudo se había bocetado antes de que Perón apareciera en el horizonte.

Además, como veremos, los tres emblemas fueron objeto de diversas reapropiaciones. El diseño del escudo y la letra de la marcha sufrieron alteraciones que los volvieron vehículos de visiones que no necesariamente coincidían con las de los líderes del partido. De modo inverso, también el bombo perdió algo de su espontaneidad inicial al volverse instrumento de una liturgia planificada institucionalmente. Así, las historias entrecruzadas de los tres emblemas permiten dar cuenta de la complejidad del fenómeno peronista y de sus diversas mutaciones a través del tiempo, desde 1945 a la actualidad.

En este sentido, este libro se distingue de otros trabajos que se han dedicado a la simbología y los rituales peronistas, habitualmente concentrados en sus aspectos propagandísticos y en sus visos autoritarios o personalistas. Sin descuidarlos ni desconocerlos, nuestro trabajo se propone iluminar también la productividad e iniciativa de las bases del peronismo, su capacidad de generar sus propios emblemas, de reapropiarse de los que proponía el liderazgo imprimiéndoles nuevos sentidos y de disputar a través de ellos los mensajes que venían desde arriba. Nuestro abordaje permite, en síntesis, atender a las luchas por la definición del sentido del peronismo (y por ende de su visión política) que marcaron toda su historia. A través de ellas, también invita a repensar la relación que establecieron las dos identidades políticas que más poderosamente marcaron la segunda mitad del siglo XX –el peronismo y el antiperonismo– con pujas de más antigua data, relativas al perfil étnico de la nación argentina y a su vinculación con las matrices políticas originadas en Europa, pujas que todavía se reconocen hoy.

La investigación que aquí ponemos a consideración del lector encuentra otro rasgo distintivo en la definición de su objeto y en su marco teórico-metodológico. En un sentido general, por su énfasis en la relación entre artefactos culturales y prácticas políticas, participa de la perspectiva de la “historia cultural” que ya se ha hecho habitual entre los estudiosos del peronismo. Pero además se propone hacer un aporte en dos terrenos todavía poco frecuentados en la historiografía argentina. En primer lugar, el de la “historia sensorial”, que indaga sobre la importancia de los sentidos –la vista pero también el tacto, el olfato, el oído y el gusto– para la cabal comprensión del pasado. Es evidente que, junto con sus motivos más propiamente políticos, la adhesión o el rechazo al peronismo también tienen un aspecto sensorial que permanece desatendido. Basta recorrer apenas los estereotipos más corrientes para comprobarlo: para bien o para mal, las impresiones sensoriales han condicionado fuertemente las percepciones sobre el peronismo y, con ellas, las conductas políticas. El movimiento que fundó Perón es imaginado –valga la redundancia–, a través de imágenes: la sonrisa amplia del líder, el platinado de Evita, los rostros curtidos de los “cabecitas negras”, la Plaza colmada, el escudo con las manos entrelazadas en diagonal. Pero también a través de sensaciones táctiles, como la del “calor popular” o la del “pelo duro” de los mestizos que, por caso, obsesionaba a Julio Cortázar en su cuento Las puertas del cielo. Naturalmente, están también los sonidos –el bullicio, los discursos y consignas en los altoparlantes, la marchita, el bombo– y también olores como el de las “masas sudorosas” que, según la imagen frecuente, colmaron aquella plaza, tenían ese cabello y tocaban el bombo. Ni siquiera los sabores están ausentes en los modos de imaginarlo, desde el del choripán que mueve multitudes hasta los de la “pizza con Champagne”, agresivos al paladar refinado, que sintetizaron la era menemista. Y sin embargo, del aspecto sensorial del peronismo (y en general de la historia argentina) poco y nada se ha dicho aún. Incluso los varios estudios sobre las imágenes en la propaganda oficial han tendido a analizarlas más bien desde el lado de la producción antes que a partir de la pregunta por la percepción de ellas entre las personas. Este libro intenta un aporte para comenzar a subsanar esa omisión al menos en lo referente al sentido de la vista y del oído.

Sobre este último, nuestro interés se conecta a su vez con los “estudios del sonido”, un campo de reciente desarrollo a nivel internacional pero todavía poco frecuentado por historiadores locales. Esas nuevas perspectivas han tenido la virtud de destacar que los sonidos –desde la música hasta las tonalidades de la voz humana, pasando por las señales sonoras y los ruidos del ambiente– tienen una importancia crucial en la vida cotidiana. Las vibraciones sonoras afectan a las personas de múltiples maneras y contribuyen a sostener relaciones afectivas no sólo en el espacio íntimo, sino también en la esfera pública. Su centralidad viene motivando la pregunta por la posibilidad de convertir al sonido y su percepción en objetos de indagación histórica. En nuestro trabajo avanzamos con algunas reflexiones en ese sentido, especialmente en el capítulo dedicado al bombo. Unido a la poesía bajo la forma de una canción, además, el sonido puede ser vehículo de una experiencia musical cuyo significado es complejo como el del arte, y que de modo similar a éste afecta los cuerpos de quienes lo producen y lo escuchan de una manera íntima y en parte imprevisible. En fin, el estudio de un objeto como la marcha, pero también como el escudo o el bombo, nos permite ampliar la lente hacia los aspectos estéticos y sensoriales del peronismo, enriqueciendo nuestra comprensión de esa frase tan famosa y en el fondo tan enigmática, según la cual “el peronismo es un sentimiento”.

Las tres partes que componen este libro han sido escritas individualmente por quien las firma. Sin embargo, hemos discutido intensamente cada capítulo y la estructura de conjunto, por lo que el lector notará un hilo conductor en el enfoque y en las preguntas que buscamos responder en cada caso. Aunque cada capítulo puede leerse por separado, hacerlo de conjunto y en el orden que proponemos habilita una comprensión más completa del fenómeno del peronismo en sus diversas aristas y del lugar de los emblemas en la vida política. Al final de la lectura, esperamos haber contribuido a una mejor comprensión de las poderosas fuerzas emotivas que unen a peronistas y antiperonistas, que son también las que los dividen amargamente entre sí.


EA y EB